Son sus tiempos lo que me cautivan de usted Mario. No interprete mis palabras como un sarcasmo que cosquillee ni lejanamente su dignidad. Son sus tiempos los que me resultan lejanos e imposibles. No crea que estamos lejos de perder la primavera, que existe con mejores colores en su Montevideo. No se trata de eso. Es otoño y esto es un intento de conversación.
Apenas un cerrito y toda la ciudad se llama así. Cuanta generosidad hay en Montevideo, Mario. Son sus tiempos, su tranco, es la forma en que ata el cigarro. Es la cadencia en que las micros giran y la curva de su espalda cuando le dice a su hijo que no le puede enseñar la tabla del tres antes de irse a la escuela. Es la manera en que la picana se cuela en su presente, y la ira en que le doblamos la punta cuando lo escuchamos.
Si hubiera sido mi vecino lo habría ido a ver. Como estaba en Montevideo no pude y me quedé con carpinteros mueblistas, el zapatero, la señora de los dulces, el arreglador de bicicletas y mi amigo del kiosco. Pero sí lo conocí, y no sólo yo. Las niñas de mis ojos también. Siempre, respetuoso, puse su nombre y no disimulé su identidad como sí lo hice con Bécquer. Pero a ese lo han suplantado tantos que ya ni le debe importar. Chau número tres, le dije la primera vez que me dejó, tieso como un árbol que la seguiría observando toda la vida a la espera que volviera.
Y volvió. Por eso lo fui a ver y quise ser su pueblo. Quise a las todas, a las avellanedas, a las negras de pechos selváticos, ser uno más en ese fortín de civilidad, en esa promesa latinoamericana cumplida. Busqué lustrabotas, niñas, calles, bares, cualquier cosa con tal de vivir en el arrullo del sol clemente, de insuflar mi libidinoso ímpetu de esa costa eterna, suave, amarilla, morena.
Pero la estampa de Montevideo el viejo, lo guardaba en un arcano departamento que no pude ver desde ninguna de sus terrazas, por más que aguanté la lluvia y el viento. Lo olfatee y salí a buscarlo de contragolpe, de mediapunta, con cautela, de wing derecho y back forward, pero entre tanta monumentalidad nada. Hasta que lo hallé.
Estaba en todos lados, pero lo descubrí en la pausa cósmica del ciclista que mate en mano, le hace una finta a la galaxia y saluda con un “adió” al estacionador de autos que se queda más atrás, en esas calles que intentaba desgastar para seguir en la nebulosa montevideana. Nebulosa para la claridad chilena que padezco, llena de otros tiempos. Ni las sílabas guardan el mismo compás en su voz, en sus bellezas de infancia y en sus horrores primos de hombre grande, de presente futuro que viviremos a pesar de su optimismo taciturno.
En la comodidad del confort chileno viene ahora y nos mira para decir que se va. Desde un estante antiguo, nos indica como otros el camino fuego, huella, el no patrón, el sí mi amor, el golpeteo de la barriga y el bigote con suspensores en cadera que aguarda al jubilado con los ojos vivos.
Ojos que no cambiaron la rabia y la consternación, la letra impresa en donde las brujas del tirano y sus acólitos del ritmo ni siquiera buscaron un pedazo para secar el piso con su letra viva. Estaba en otro tiempo, en otra noción de patria, en otra pared contemplando con un amigo esa plaza que no puedo robarle. Me quedo con mis esquinas por remendar, con su sonrisa y su clase copada de lucha, con su invitación permanente a abolir la pesadumbre, que a pesar de su insistencia, siempre se le puede tirar el gran maleficio, aún cuando acudamos al viejo oficio, pues “para no sucumbir ante la tentación del precipicio, el mejor tratamiento es el fornicio”.
